Ramo de novia
Y a mí qué, se preguntarán desde la otra punta del mundo. Como si caen chuzos de punta. ¿Se han cuestionado de dónde viene la expresión chuzo de punta? ¿Y cogerse un chuzo? ¿Y estar chuzado?
No recuerdo tanta nieve. No es que haya cuajado –aunque amenazó con hacerlo-, pero resulta extraño ver tantos días copos de nieve a través del cristal. Es como si Nueva York no quisiera que me olvidara de ella. Agradezco el esfuerzo, pero no es necesario. Lo que siento por esa ciudad es lo más parecido al amor. Imagino la estatua de la libertad con un ramo de novia, aguardando mi llegada, quizá en barco.
El flechazo a momentos se clava un poquito más. La Gran Manzana, el lugar donde se cumplen los sueños, la ciudad que nunca duerme, allí donde todo es posible.
No he olvidado nada, es tan profundo el sentimiento que ni siquiera diferencio mi estancia cojo o sano. La ciudad me acompañó día y, sobre todo, noche. Tengo fresco en la memoria aquel miércoles regresando de un partido en New Jersey, descendiendo de un mini-bus en la 42 a medianoche. Las luces de neón familiares dejaban paso a clubes de streaptease, bares de los bajos fondos y pequeños negocios de comida basura. Debajo suya, el metro lobo y caverna, aullando mientras resguardaba a una segunda ciudad bajo tierra. En serio, cómo los echo de menos. No tardaré en volver, lo prometo.